miércoles, 6 de febrero de 2013

¡Por todos los Dioses!


¡Por todos los Dioses!  
¿Dónde está la casa del Fauno?

A la mañana siguiente, al alba, me dirigí a Pompeya con la intención de entregar el mensaje de mi amo al Senador Servius Pompeius Fusco, propietario de la Casa del Fauno.
La Porta Marina
Era el 24 de Agosto del año 79 y el Senado de Roma recién había nombrado  al emperador Tito Flavio para gloria del Imperio.
Entré en la ciudad amurallada por la Porta Marina, la puerta más próxima al mar, que tiene dos arcos uno para ciudadanos y otro para animales, carros y esclavos. 
Desde muy temprano el éxodo era impresionante con chorros de gente saliendo por un arco y manadas de animales por el otro de tal manera que tuve que entrar a empujones y a punto estuve de liarme a puñetazos.
Ya dentro del recinto amurallado seguí andando un trecho por la Via dell’ Abbondanza y a poco vi a mi izquierda un enorme espacio público flanqueado por templos, columnas y estatuas. Era el Foro de la ciudad, lugar de reunión y mercadeo. 


Pero esta mañana era una mañana especial y la gente vagaba como alucinada por el inmenso espacio con los ojos fuera de sus órbitas y se respiraba un gran nerviosismo, presagio de la tragedia que acechaba a la ciudad y sus habitantes. Los pompeyanos entraban y salían del Templo de Júpiter y del de su hijo, Apolo, y había un gran revuelo. Pero las ofrendas y sacrificios improvisados y de poca monta que realizaban en los altares no conseguían apaciguar el ánimo de los dioses y el Vesubio, que nos vigilaba a todos desde la distancia, empezó a rugir con descaro.
El Foro de Pompeya
Quise preguntar a algún viandante como llegar a la Casa del Fauno pero nadie me hacía caso con tanto apresuramiento y con tanto miedo a que se les cayese el cielo encima. Al final, harto de preguntar sin respuesta cogí a un hombrecillo de la túnica y del cinto, lo levanté por los aires y conseguí que balbuceara que detrás del templo de Júpiter, pasados los baños del Foro, estaba la Vía de la Fortuna y que girando a la derecha encontraría la noble villa romana que buscaba y que le soltase de una vez y que yo también huyese si no quería ser pasto de la furia desatada de los dioses.
Y así me encaminé a la Casa del Fauno, cada vez mas presuroso, cada vez más asustado, en aquella mañana de Agosto que se había iniciado con un sol radiante pero que poco a poco se iba anublando. Debía a toda costa cumplir con mi misión y entregar el mensaje de mi amo, el Senador de Roma, aunque sabía que me estaba jugando la vida por ello...